Los prodigios de Alub

Alub, hijo de Sara Gallardo y de un comerciante de tinajas que pasaba en ese momento por la vereda de enfrente, muy apuesto según ella misma escribiera en su diario, casi divino, que la había mirado un rato muy profundamente a los ojos y que después había seguido su tránsito por la vereda, arrastrando su carro lleno de tinajas de barro cocido, sin que jamás hubiera vuelto a verlo ya que, según su testimonio, le había llenado el vientre con la mirada, que el amor todo lo puede, así nació y luego creció, en Lunlunta, provincia de Mendoza, Alub.

 

Así comienza esta historia, Los prodigios de Alub, del autor mendocino Francisco Llorente, un texto que sigue la forma clásica del evangelio, en este caso apócrifo e irónico, sobre la vida y enseñanzas de Alub, un ser iluminado, equivalente al Jesús en la tradición judía, en pleno siglo XX y de nacionalidad argentina.

Texto construido mediante parábolas, metáforas que aluden constantemente, bajo la forma clásica del evangelio, a una nueva metafísica moderna. Eso convierte al texto en un muy original planteamiento ético, moral y filosófico sobre el ser humano y su inclinación –no siempre lograda- hacia el saber y en última instancia hacia el conocimiento de Dios y del sentido vital.

Si yo me pongo a la altura del más pobre o del más estúpido, la gente va a decir: Qué grande ese hombre; y Dios los va a escuchar. Y si da sin esperar nada a cambio, ¿no espera en el fondo la utopía del cielo?

Esta “utopía” en referencia a la religión católica, basada en el premio del cielo, es la principal crítica de religión alubiana. Ésta se fundamenta en la prédica de la Nada como inicio y final del ser; invita al “suicidio de la voluntad”, y anima a despreciar el pensamiento de una recompensa de los actos en la tierra. Bajo un riguroso tono, incluso moralizante, los dictados de Alub van desgranando todos los aspectos de la naturaleza humana y apela a una suerte de determinismo de la especie, abocada siempre a la Nada, en lugar de prometer, como hace el evangelio judío, la recompensa o el castigo por parte de una instancia superior e inapelable que juzga los hechos, premia la contrición y la fe, y rechaza, en definitiva, la libertad humana. Se trata, por ello, de una voz, la de Alub, que se hace eco de la filosofía moderna y cuya figura parece encarnar la del hombre rebelde, enfrentado asimismo a la nada, que goza de su plena libertad sin ser juzgado por ninguna instancia superior y puede, por ello, ser dueño de su destino y de su propia muerte a través del suicidio:

Lo más grandote que puede conseguir un hombre es la resignación, la aceptación de su naturaleza, La Nada. Por eso el alma que está imbuida de Dios se desliga de querer algo y solamente queriendo nada se alcanza la plenitud; porque apenas se quiere algo, se quiere todo; y quererlo todo es el sufrimiento; y querer algo, empezar a parir.

Alub, por lo tanto, es un filósofo extrañado cuyo legado puede resumirse en lo siguiente:

No puede haber un cielo porque en ese cielo se preguntarían por el sentido de estar en él. Hay una sola cosa que puede cambiar eso: La Nada.

Esto suscita entre la gente la siguiente reacción:

¿Cómo sabe este salame que después de la muerte viene la nada? ¿Acaso ya murió?

Y Alub, al escuchar, bajó los brazos:

Yo no digo lo que hay. Yo digo lo que puede haber y lo que conviene esperar. Porque es mejor esperar nada que algo. Resignarse y conformarse. La manzana es la necesidad de saber.

Fragmentos

En los “Fragmentos” se incide todavía más en el sentido filosófico de la lectura de Alub. Su línea de pensamiento recoge aspectos de la filosofía moderna, como Nietzsche, Sartre o Schopenhauer. En ocasiones los fragmentos se desgranan en silogismos de la lógica pura, basados en un juego del lenguaje –que en el relato suele demostrarse siempre como limitado-, de forma que el significante y sus imbricaciones –aunque limitadas- pueden suscitar innumerables combinaciones semánticas con la sola finalidad de resolverse en sí mismas como una tautología. En palabras de Alub, en su doctrina, todas estas interpretaciones conducen a esa Nada en la que fundamenta su prédica: La ley de Dios está por encima de Dios. ¿Hay ley en Dios? Alguien dirá que no: Dios puede ser y no ser al mismo tiempo. Pero, ¿no es eso una ley?

Ley de Dios: Dios no tiene ley. Entonces, la ley es Dios y Dios es la ley. Pero, ¿cuáles son las leyes que rigen la ley?

¿Se dan cuenta? Siempre se puede ir más allá. Es un imposible: pura contradicción y retorno a la nada. Pensando en Dios siempre se termina en La Nada.

Incluso

El tercer apartado, “Incluso”, viene a ser el estudio ulterior de la doctrina de Alub que cuenta, a mediados de 1980, con una secta que sigue la religión alubiana. Además se analiza el alcance de la doctrina de Alub por el mundo, fundiéndose incluso con el Islam; todo ello se narra mezclando la ficción con personajes y hechos de la historia reciente de Argentina y Europa.

Por otro lado, en esta parte se hace referencia a El idiota de Dostoyevski para explicar mejor la figura de Alub: Dostoievski, innegable admirador de Cristo, quiso crear un hombre tan bueno como él. Cuando lo hizo, se vio en la necesidad de concebirlo idiota: no se puede ser tan bueno como Cristo sin pasar por idiota.

Abocado a la Nada, el ser humano no debe esperar sino nada, “Yo no vine a traer alegría sino resignación”, dice Alub, y la resignación es la base de su doctrina.

Notas

Aquí se explica el significado de los números en “Los prodigios”, que están asimismo bajo la diversa interpretación de los estudiosos de Alub. También se explica la alegoría del apodo “Lunvago” aplicado a Alub y el origen de la teoría filosófica alubiana que se sitúa en el Tractatus de Wittgenstein. Entre otras explicaciones, se cuenta que no fueron los seguidores de Alub los que narraron sus predicaciones sino que fueron en realidad unos intelectuales posteriores a su muerte los que escribieron todo el relato, llegando a negar, incluso, la existencia de Alub (este aspecto remite a los textos de Borges, cuando se le “permite” a Pierre Menard reescribir el Quijote y poner en entredicho el sentido de autoría y, en último término, la verdadera existencia del autor).

 

En la totalidad de este relato se utiliza una prosa excelente, contenida, hermética, y sostenida también por un tono irónico, provocador y humorístico. En otras ocasiones se da paso a una prosa poética llena de hermosas metáforas. En los Prodigios, un pasaje no se limita a una acción que se desarrolle en el sentido clásico –como la estructura lineal del cuento o de los propios pasajes del evangelio, cuya estructura sigue un orden estricto y orientado al desarrollo lógico- sino que en Alub se generan varios estadios simultáneos, que pueden albergar doctrina, sueños, moralejas al amparo de un solo concepto (filosófico, satírico, etc.), orientados a un desarrollo también lógico pero con una voluntad más persuasiva, más sugerente que doctrinal. De esto surge un cierto contrasentido voluntario: la forma en que se desarrolla el absurdo es la del relato bíblico, la del aforismo, la de la parábola, todos ellos textos encorsetados en su tradición y que en su origen se han utilizado para favorecer la comprensión más directa y clara de su contenido. En Alub, el pensamiento doctrinal se expresa como si se diera rienda suelta al pensamiento, sin ataduras ni anclajes. Por ello, Los prodigios de Alub es un juego hermenéutico constante, llega a rizarse el rizo de tal forma que la propia formulación está sujeta a la interpretación dentro y fuera del texto, es una meta-interpretación. Ejemplo de ello es no hay ley, ni de Dios ni del hombre, que no tenga que ser barajada y móvil y modificada. Como todo está unido, todo puede justificarse y la interpretación puede disolver la verdad de tal manera que siempre es posible negarse a ella.

Si hacemos caso a la fórmula de Alub, la interpretación de sus palabras –y la del lector hacia el texto mismo, como un artefacto que contiene infinitas lecturas e interpretaciones- la conclusión es tan múltiple como pueda ser el sujeto que lo interpreta, y la “verdad” puede también ser negada.

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2 comentarios en “Los prodigios de Alub

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